Era la noche más bonita del verano. El cielo estaba
totalmente raso y las estrellas danzaban tan rápido como los dedos en un solo
de Jimmy Hendrix. El barrio estaba en calma, como la mayoría de las noches de
verano, la gente abre las ventanas para que entre más calor. Somos un barrio
obrero, los aires acondicionados los vemos de lejos, en las casas de aquellos
que si tienen dinero. Pasábamos en la azotea del bloque, apoyados en el tejado observando
cómo se quitaban la vida aquellos que se la buscan de noche. Mirábamos atónitos
a los gladiadores que el sistema condenó a matarse para poder vivir. Nunca hablábamos
de las películas que nos tragábamos noche tras noche en la azotea, era
demasiado cruel el hecho de verlo. Aun así, no imponíamos la tarea de verlo, de
estar presente desde la distancia presenciando eso. Nuestro motivo era
sencillo, debíamos ser conscientes de lo que el sistema hacía con nuestra
clase, con gente que vivió en nuestros edificios, con gente que se crío con
nuestros hermanos, gente a la que obligó
a prostituirse y venderse. Simplemente nos generábamos conciencia de clase.
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