Vivíamos de prestado, robándole los cuentos a los pequeños y
las mejores historias a Valle Inclán. Sembramos tantas flores que cuando
llegaron a florecer no conocíamos ni la mitad de ellas. Nos dábamos lo mejor de
nosotros mismos los 19 de cada mes, guardado lo peor para el resto del mes. Era
tan frenético, tan veloz, tan rápido, que cuando nos quisimos parar los frenos
ya no funcionaban. No pensábamos en el mañana porque creíamos que nunca
llegaría, era como mirar a la Luna y saber que nunca la tocaremos. Apurábamos
las mañanas en la cama y malgastábamos las tardes en el sofá. Recorríamos nuestros
cuerpos sin darnos cuenta de que los desgastábamos, que se secaban, que se iban
consumiendo como las cerillas. Cuando estábamos en las últimas, te disté cuenta
de que se acababa, de que no quedaba madera que echar en el fuego, de que la
reserva no daba para más y decidiste bajarte.
Yo me quedé buscando leña y la
gasolinera más cercana, seguía sumido en mis historias.
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