lunes, 24 de marzo de 2014

Observando el cenicero.

Me lo dijo desde el cenicero, que estaba harto de encerrarse y consumirse. Rozaba tanto el carbonato de calcio que lo desgastó de tal manera que se evaporó. Chilló tanto como Diego Rivera en el edificio Rockefeller, aunque él no defendía nada más que lo poco que le quedaba, que no era más que unas insípidas razones. Suplicó de manera angustiosa y melancólica que le perdonaran, que estaba harto de entregarse de manera sistemática al aburrimiento circular. De subidas y bajadas que acaban llamando a dios a través de la taza del váter y observando cómo le salía de la boca lo que ya no aguantaba en el pecho.

Acabo mirando a la desesperación, entre alguna que otra puesta de sol y demasiadas soledades, preguntándose el por qué debajo de la lluvia se veía todo más claro. 

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