Me lo dijo desde el cenicero, que estaba harto de encerrarse
y consumirse. Rozaba tanto el carbonato de calcio que lo desgastó de tal manera
que se evaporó. Chilló tanto como Diego Rivera en el edificio Rockefeller,
aunque él no defendía nada más que lo poco que le quedaba, que no era más que
unas insípidas razones. Suplicó de manera angustiosa y melancólica que le
perdonaran, que estaba harto de entregarse de manera sistemática al
aburrimiento circular. De subidas y bajadas que acaban llamando a dios a través
de la taza del váter y observando cómo le salía de la boca lo que ya no
aguantaba en el pecho.
Acabo mirando a la desesperación, entre alguna que otra
puesta de sol y demasiadas soledades, preguntándose el por qué debajo de la
lluvia se veía todo más claro.
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