Aunábamos lo mejor de nuestra generación en una mezcla
perfecta de rebeldía y formación. Las opiniones cambiaban tan rápido de lugar
que a veces era imposible seguirlas. Fluían por el Consejo saltando de uno en
otro, una verdadera cazuela de ideales cocidos a fuego lento. Planteábamos dudas
que ayudaban a darlos cuenta de lo paradójico de la escena aunque nadie era
verdaderamente capaz de solucionarlas. Se exprimía con tanta agudeza la razón
que los argumentos eran casi irrebatibles, sin tener que apelar a instancias
superiores. Toda esa armonía que conseguimos en meses de comunión consentida
fue rota a golpe de balas y porras. Luego recordé lo que decía Roberto Iniesta,
todos somos libres de hacer lo que queramos, vivimos en un país libre, pero ya sabéis
que no os vea nadie.
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