Me pasaban las tardes debajo de aquel olivo mirando hacia la
nada. Pensando cuando llegaría el momento en que todo estallara, en que el cielo
se llenara de humo negro que me dijera que seguía ardiendo. A veces
reflexionaba sobre los motivos y las consecuencias, sobre lo que pasa y lo que
no sucede, sobre lo que se va y ya nunca vuelve. La razón rara vez me
acompañaba a mi olivo y cuando lo hacía solo me llenaba la cabeza de pájaros
sin alas que no paraban de picotear dejándome casi inconsciente. Cuando estaba a
punto de anochecer me fumaba el verde y veía al humo marchar con el sol.
Todavía hoy, veo a mis miserias yéndose con él.
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