Estabas tan segura de ganar que cuando más atenta debías
estar, empezaste a descuidarte. Te envolviste en tu propia seguridad, ajena y
despreocupada a que quizás no era todo tan claro como tú lo veías. Dabas por
sentado una especie de contrato en el que yo cedía todo, ponía mi alma a tu
nombre y te entregaba la custodia de mí mismo. Estabas tan convencida de esa
realidad, que nunca viste más allá de aquella situación. A medida que avanzaba
nuestra extraña comedia de casualidades e hipérboles todo se volvía más claro.
Todos sabían que lo iban a matar menos él, puede que esa sea la frase que
defina un sinsentido que siempre acababa sin ropa. Parecíamos equilibristas en
la cuerda floja, tensándola por diversión y haciendo malabares sobre ella por
el único entretenimiento de verla romperse.
Al final se rompió, ¿Quién esperaba que no lo hiciera?
No hay comentarios:
Publicar un comentario