Esto es un verdadero caos, un despropósito en toda regla. La
gente buscaba esconderse en los soportales de la lluvia y él se dejaba empapar
en mitad de la tormenta. Rompía el orden establecido de la mejor forma que
sabía, sin hacer nada. La ropa le pesaba casi más que su alma, porque una la sentía
y la otra se le resbalaba. Era consciente de que el granizo se aproximaba, de
que empeoraría la situación y algún rayo le alcanzaría. La parálisis celebrar,
muscular y sentimental le hacía permanecer inerte en mitad de ningún lugar. Las
decisiones se quedaron aparcadas para él en la barra del penúltimo bar que
piso. La duda ya no le pertenecía, porque todos eran más responsables que el
para interrogarse sobre el motivo. Él seguía sintiendo la lluvia, doliéndose por
cada granizo que caía en su cuerpo y esperando que los rayos los sintieran sus
zapatos.
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