Las tardes de mi vida se resumían como las mañanas, con un
vacío vital que asustaría a ese tipo de gente que es tan activa que cuando
llegan las 22:00 de la noche los ojos dicen adiós y se chapan como una
persiana. Pensadlo bien, que locura de vida que no te deja ni un minuto para
pensar que estás haciendo. El movimiento de sus cuerpos simula a de los
autómatas que actúan mecánicamente, y lo peor aún, exponen a sus hijos a esa
locura diaria.
Me sorprendía observando el paso de las horas pensando lo
relativo que es el tiempo y como el ser humano se ha empeñado en estandarizar
todo, en normalizarlo de una forma tan estática que si no entras en sus cauces
de normalidad no eres valido para el sistema. Te excluyen de su mecánica sociedad,
de eso que se han apropiado y que les pertenece. Odio la normalidad, las
tradiciones arcaicas sin sentido, a veces me odio a mí mismo.
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