sábado, 20 de septiembre de 2014

V

Las tardes de mi vida se resumían como las mañanas, con un vacío vital que asustaría a ese tipo de gente que es tan activa que cuando llegan las 22:00 de la noche los ojos dicen adiós y se chapan como una persiana. Pensadlo bien, que locura de vida que no te deja ni un minuto para pensar que estás haciendo. El movimiento de sus cuerpos simula a de los autómatas que actúan mecánicamente, y lo peor aún, exponen a sus hijos a esa locura diaria.

Me sorprendía observando el paso de las horas pensando lo relativo que es el tiempo y como el ser humano se ha empeñado en estandarizar todo, en normalizarlo de una forma tan estática que si no entras en sus cauces de normalidad no eres valido para el sistema. Te excluyen de su mecánica sociedad, de eso que se han apropiado y que les pertenece. Odio la normalidad, las tradiciones arcaicas sin sentido, a veces me odio a mí mismo. 

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