En este caos de mi mundo, había un mundo fuera que seguía
corriendo desbocado hacía ningún sitio. Ese es el problema del otro mundo, que
no sabe a dónde va. Es tan frenético que da miedo pararse a pensar lo que hemos
construido, avanzado y progresado, todo sin ningún fin aparente. En este
momento habrá muchos que piensen que el mundo que hemos generado tiene un sentido
y soltaran que ahora vivimos mejor que antes, que tenemos derechos, libertades
y un desarrollo que nos proporciona comodidades de las que carecían nuestros
antepasados. Y yo me pregunto, ¿Sinceramente vivimos mejor que nuestros
antepasados? No se vosotros pero yo aprecio la tranquilidad y en este mundo, no
se puede estar tranquilo.
Cosas así se me pasaban por la cabeza mientras acababa las
sobras de las botellas de ron que adornaban las estanterías de mi cocina. A
veces me parecía todo tan irrisorio que mi caos se convertía en cordura a mis
ojos y me convencía de que había escogido el camino correcto. De todas formas
lo que había por el mundo no me interesaba, mi propia introspección me
resultaba tan placentera como cualquiera de las drogas que me metía a lo largo
del día.
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