viernes, 19 de septiembre de 2014

IV

En este caos de mi mundo, había un mundo fuera que seguía corriendo desbocado hacía ningún sitio. Ese es el problema del otro mundo, que no sabe a dónde va. Es tan frenético que da miedo pararse a pensar lo que hemos construido, avanzado y progresado, todo sin ningún fin aparente. En este momento habrá muchos que piensen que el mundo que hemos generado tiene un sentido y soltaran que ahora vivimos mejor que antes, que tenemos derechos, libertades y un desarrollo que nos proporciona comodidades de las que carecían nuestros antepasados. Y yo me pregunto, ¿Sinceramente vivimos mejor que nuestros antepasados? No se vosotros pero yo aprecio la tranquilidad y en este mundo, no se puede estar tranquilo.

Cosas así se me pasaban por la cabeza mientras acababa las sobras de las botellas de ron que adornaban las estanterías de mi cocina. A veces me parecía todo tan irrisorio que mi caos se convertía en cordura a mis ojos y me convencía de que había escogido el camino correcto. De todas formas lo que había por el mundo no me interesaba, mi propia introspección me resultaba tan placentera como cualquiera de las drogas que me metía a lo largo del día.

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