Se abre la puerta y aparece tu figura inundada de penumbra.
En el marco de la puerta se reflejan los leves destellos que la luna posa en tu
cara, la providencia de alguien que te puso en mi camino. En ese momento
comienzas a danzar suavemente, a revolotear como una mariposa sin orden ni
sentido, sin causa ni motivo. Luego avanzas hacía mí, tan lentamente que mi
retina alcanza a congelar la imagen en fotogramas de menos de un segundo, a
percibir cada paso de baile, cada detalle oculto. Por fin nuestros campos de
seguridad chocan, hacen fricción simultánea y de una caricia borras las
barreras. Limitas el tiempo de los actos, el momento de que tu ropa caiga al
suelo y hasta marcas la pauta. Apareces ante el creador cuando tocas el cielo y
con una mirada de aprobación saldas la deuda. Una mezcla de divinidad, de
especificidad corporal, de algo que no termina de ser el todo humano. La
belleza de los gestos, de los detalles, de esas cosas insignificantes que
siempre pasan desapercibidas por los cien mil ojos que observan a diario.
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