jueves, 18 de septiembre de 2014

III

La dejadez de mi vida me la impuse yo con mi actitud. Había días que solo salía de mi boardilla para invertir el poco dinero que me quedaba en alcohol y drogas. Como buen escritor frustrado que soy, no me falta ninguna de las dos cosas. Sentía como se desmoronaba todo a mí alrededor y yo no hacía nada por evitarlo. También reunía el último requisito de todos los de mis gremios, tenía una historia de amor que me perseguía y atormentaba. Pero era incapaz de sacar nada de ella, al contrario que todos los demás escritores frustrados yo me sentía como el que no tienes fuerzas para girar la llave y sacarle provecho a mi desgracia. Lo intente hasta la saciedad pero nada, era un muro demasiado alto como para escalarlo y la idea de rodearlo me parecía demasiado absurda. ¿Quién se ha planteado rodear la murada china?
Intentaba olvidarlo pero era una pena demasiado fácil de arrastrar y decidí, más por pereza que por necesidad, incorporarlo a mi vida cotidiana. Era una acción más de mis días, lamentarme de la desdicha amorosa que no me podía sacudir. Otra droga de un politoxicómano como yo, que busca cualquier cosa a la que engancharse para no soltarse de esa espiral de locura transitoria que es la vida que mantengo a diario.

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