La dejadez de mi vida me la impuse yo con mi actitud. Había
días que solo salía de mi boardilla para invertir el poco dinero que me quedaba
en alcohol y drogas. Como buen escritor frustrado que soy, no me falta ninguna
de las dos cosas. Sentía como se desmoronaba todo a mí alrededor y yo no hacía
nada por evitarlo. También reunía el último requisito de todos los de mis
gremios, tenía una historia de amor que me perseguía y atormentaba. Pero era
incapaz de sacar nada de ella, al contrario que todos los demás escritores
frustrados yo me sentía como el que no tienes fuerzas para girar la llave y
sacarle provecho a mi desgracia. Lo intente hasta la saciedad pero nada, era un
muro demasiado alto como para escalarlo y la idea de rodearlo me parecía
demasiado absurda. ¿Quién se ha planteado rodear la murada china?
Intentaba olvidarlo pero era una pena demasiado fácil
de arrastrar y decidí, más por pereza que por necesidad, incorporarlo a mi vida
cotidiana. Era una acción más de mis días, lamentarme de la desdicha amorosa
que no me podía sacudir. Otra droga de un politoxicómano como yo, que busca
cualquier cosa a la que engancharse para no soltarse de esa espiral de locura
transitoria que es la vida que mantengo a diario.
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