La soledad de los Domingos se convierte en monotonía los
Lunes. En despertadores que suenan, te desvelan y hacen que habrás los ojos. A
la sensación de frío cuando sales de la cama en invierno y a dolor de vestirte
cuando aún no salió el sol. Miras el café salir como el que observa la vida pasar,
esperando a que caiga la última gota. Recoges todo, revisas lo que representa
tu existencia en el mundo y pisas la calle. Con esa angustia del invierno, con
ese sudor del verano, y encaminas el día a ser productivo, a generar el medio
de sustento de tu vida, a ganar dinero para comer y pagar tu techo. Desempeñas
tu función, que dura ocho horas, el tiempo que gastas en vivir al día
siguiente, la parte hipotecada de tu historia o simplemente la devoción de la
misma. Dedicamos más de la mitad de la vida a sostener la que nos sobra pero aun
así, siempre encontramos esa chispa, ese sentido, ese extraño sentimiento de
felicidad que es el responsable de que todos los días suene el despertador.
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