jueves, 11 de septiembre de 2014

Darling

La soledad de los Domingos se convierte en monotonía los Lunes. En despertadores que suenan, te desvelan y hacen que habrás los ojos. A la sensación de frío cuando sales de la cama en invierno y a dolor de vestirte cuando aún no salió el sol. Miras el café salir como el que observa la vida pasar, esperando a que caiga la última gota. Recoges todo, revisas lo que representa tu existencia en el mundo y pisas la calle. Con esa angustia del invierno, con ese sudor del verano, y encaminas el día a ser productivo, a generar el medio de sustento de tu vida, a ganar dinero para comer y pagar tu techo. Desempeñas tu función, que dura ocho horas, el tiempo que gastas en vivir al día siguiente, la parte hipotecada de tu historia o simplemente la devoción de la misma. Dedicamos más de la mitad de la vida a sostener la que nos sobra pero aun así, siempre encontramos esa chispa, ese sentido, ese extraño sentimiento de felicidad que es el responsable de que todos los días suene el despertador.

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