Hoy es uno de esos días que te
alegras de haberte levantado, de respirar, de darle una oportunidad al olvido,
uno de esos días en los que el café sabe a café y las tostadas no se han
quemado. Pisar la calle y sentir que la suela no se desgasta, que el panorama
es un mosaico compuesto de mil detalles, de mil historias y de solo una
percepción. Avanza las horas y no despiertas del sueño, de esa realidad que hoy,
precisamente hoy, parece diferente a todas las anteriores. Te llega ese aire de
medio día, las casualidades te sonríen y te toman el pelo. Coincides con las
caras que tenías en mente y saboreas un momento de placer, una conversación
deseada, una simple mirada cómplice. Termina la jornada con la puesta de sol que
te guía en mitad de la urbe, con una melodía que te llega de no se sabe dónde, con
las caras de felicidad de una pareja que se cruza y mira con cariño.
Acabo el día abrazado de prestado, soñando
con que el momento no se acabe, con que las noches sean eternas y el cigarro
innegociable.
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