Y mientras todo sigue fluyendo, corriendo a un ritmo
despacio pero constante, la autodestrucción de lo que hay fuera es preocupante.
Cada vez el sol se va antes, el invierno viene más tarde y los veranos acaban
en noviembre. Algo cambia, se nota, todos los sentimos aunque la mayoría mire hacia
otro lado. Nos afecta, nos transforma en seres cada vez más apáticos, incapaces
de criticar y sin ilusión. La desconexión de muchos, las mentiras de otros y
sobre todo la captación silenciosa de la televisión nos está matando. Nos han
hurtado la personalidad, las ideas, los sentimientos, nos han robado la vida. Esto
lo percibe un tanto por ciento bajo de la sociedad, aquellos que no encienden la
televisión mecánicamente, aquellos que leen y se preocupan por saber en el
mundo en que vivimos. Los que son conscientes, esa minoría activa que da
collejas a la mayoría apática para que no se quede dormida. Los que se
indignan, los que protestan y sobre todo, los que no se creen las mentiras.
Esos individuos son la única esperanza de un sociedad llena de vicios, de un
sociedad como la nuestra por ejemplo.
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