Sufro de trastornos habituales, es decir, mi cabeza se tira
por el balcón y mi estado anímico la acompaña a diario. La escena es muy
graciosa. Mi cabeza se queda en el filo de la barandilla ya amenaza con saltar
por la mera emoción de sentir que ya no importa nada. Mi estado anímico dialoga
pacientemente con ella y le ofrece todos los placeres de la vida. Le habla de
la tranquilidad de los domingos, las puestas de sol en verano, una cerveza bien
fría, esas risas que se quedan en el aire
y sobre todo el placer de sentirte vivo. Ella se lo piensa haciendo
equilibrio, en definitiva jugándose otro trastorno. Mi pobre estado anímico entra
en crisis, se viene abajo y se sube con ella, por un momento se enamoran y
deciden saltar juntas. Yo observo los acontecimientos como el que ve el final
de una película que se sabe. Cierro el balcón y abro una cerveza. Desde la
cocina ya se les escucha gritar.
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