Hoy voy a permitirme el lujo de contar una historia un tanto
peculiar de un buen amigo, que se fue, volverá y se volverá a ir. Un tipo
bastante peculiar sin duda, al que le perdían el alcohol, la comida y
fundamentalmente las tías. Curioso era verle bailar en las discotecas con su
pose de seductor que era el centro de las miradas, femeninas por supuesto. La
gran diferencia entre él y el resto, era su capacidad camaleónica para adaptarse
a cualquier ambiente. Con la conversación precisa, la broma justa y la sonrisa
adecuada pasaba como uno más en los múltiples estilos que alberga nuestra vida
moderna. Creo que el ser insular le otorgaba un plus respecto a los demás.
Dispuesto siempre, activo a veces y cachondo por naturaleza. A veces entrabamos
en debates sobre la isla y la península, los forasteros y los autóctonos pero
siempre llegábamos a la misma conclusión, vivir en una isla es peligroso, sabiendo
que los polos se deshielan y una ola de más de 100 metros es bastante probable.
El caso es que de vez en cuando suena el teléfono y cuando lo cojo se escucha al
otro lado: Si me acerco a tu boca y te invito a una copa, ¿Qué me dirías? Y yo
respondo, que se empañen los vidrios y las reglas que goses.
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