domingo, 22 de junio de 2014
Entre tejas y arcenes.
La
estupidez más insignificante del mundo acabo llenando mi cuarto de formas
irreconocibles que me obligaban a mantenerme quieto. La mayoría de ellas eran de
colores, y mutaban por segundos, cambiando aspecto, color y forma. Había pocas
grises, que permanecían inmutables, tanto de color como de forma. Creo que eran
ellas las que mandaban sobre las otras, una especie de comandantes desconocidos
que tenían un ejército de colores. Mientras rebotaban de una pared a otra de mi
habitación iban destrozando todo a su paso. Como si quisieran limpiar mi vida,
hacer una reseteo de niveles superiores. Acabaron con las cosas más
reconocibles de mis cuatro paredes. Se llevaron la ropa, me quitaron mis libros
y me dejaron los folios en blanco a modo de burla. Antes de desaparecer me
dieron una lección, la sonrisa con la que se marcharon fue la moraleja.
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