Solo él sabía si en su mirada había deseo, lujuria o pura
pasión. Se conocieron por accidente en la puerta del baño de aquel tugurio,
ella se agacho y lo que él vio fue más que suficiente para lanzarse a una
piscina que lo más posible es que estuviera vacía. Aun así, una sola mirada le
basto para intuir que la piscina podía tener algo de agua y si no tenía que más
daba. Al abrir la puerta se la encontró de pie y un – te estaba esperando-
salió de la boca de aquella belleza. Cuando se quiso dar cuenta estaba envuelto
en una locura pasional de esas que ocurren cada sábado en cualquier lugar. Al romperse
el cristal del baño de los empujones se percató que sobraba entre esas cuatro
paredes. Le robo lo último que le quedaba de su vaso y ni siquiera se despidió,
el iluso no se dio cuenta de que le faltaba la cartera, el móvil y las llaves.
La suerte siempre viene acompañada de un poco de maldad.
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