Ese café fue diferente a todos los que se había tomado, y lo
supo desde el momento en que lo tenía delante. Era aparentemente como todos los
anteriores, en una taza, solo, y con los dos azucarillos correspondientes. La
cucharilla estaba sobre el platillo reluciente y como siempre le dió las
gracias al camarero. Lo miró sin más atención y procedió a realizar el complicado
ritual que mañana tras mañana aplicaba rigurosamente. Con sumo cuidado y sin
tocar otra cosa que la mesa, cogió los sobres de azúcar y los abrió de
izquierda a derecha, esa manía la copio de su padre, cuando los tenia abiertos
los vertía con la precisión de un cirujano que opera a corazón abierto. Después cogía con dos dedos la cucharilla y
la movía sin sentido dentro de la taza, era curioso que en este momento la
anarquía tomara el mando de su ritual. Cuando estaba a punto de rozar la taza
se paró. Recordó que era 5 de diciembre, ese maldito 5 de diciembre que se llevó
a su padre.
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