Aguardaba el momento justo para disparar. Las balas rozaban
el hormigón de la columna que lo cubría y el mismo escuchaba los chasquidos que
producían contra aquella estructura que en ese momento le estaba salvando la
vida. Sentía fría la culata de su nueve milímetros entre sus manos, respiraba y
esperaba su oportunidad. En su cabeza resonaba su propia voz diciendo –cinco
balas, doces pasos y la puerta- era exactamente lo que le preocupaba. Mantenía
la tensión intentando llevar de cabeza el número de disparos que resonaban
alrededor –doce, trece, catorce, quince…- esperando a llegar al veinticinco. Esa
sería su única oportunidad, justo cuando cambiara el cargador tendría sus cinco
balas que le cubrirían para llegar a la puerta. Después allí todo debería ser más
fácil, o al menos eso creía él. Sonó el disparo número veinticinco. Desde la
columna disparo su primera bala, sin moverse aún, se asomó lo más rápido que
pudo y tiro sus otros tres tiros antes de llegar a la puerta. Justo cuando la
alegría empezó a invadir su cuerpo por ver la puerta tan cerca, sintió como las
tres balas que venían de la otra punta de la habitación rompían su cuerpo. Once
pasos no fueron suficiente, pensó antes de palpar como se desinflaba, eran doce
los justos.
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