Siempre que me enfrento a ti tengo mucho miedo de perder. De
que me digas cuatro palabras y que me dejes sin la mínima opción de replicar. Que
me argumentes que dios existe y sea incapaz de rebatirte. Me siento tan inferior
a ti que me arrastraría si te pararas pensar si llevo razón o me equivoco. Es
algo triste, lo sé, pero no puedo sentir otra cosa que impotencia al saber que
eres mejor que yo en esto de pensar. Muchas veces me limito a callarme y
escuchar tus argumentos que hoy por hoy superan al mismísimo presidente del
gobierno. Me enfrasco en mí y me limito a pensar por qué tú pones las copas y
yo me las bebo. Dichosos sabelos todos y dichosa superioridad de estar detrás de
esa barra.
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