Ya estaba lo suficiente mojado para esperar un poco más. Tras
dos horas en la puerta, la lluvia ya no molestaba, mi ropa goteaba y por dentro
la humedad me empezaba a afectar. Lo único que me preocupaba era la luz de tu
ventana porque sabía que cuando se apagara no habría opción.
A las doce bajaste, me besaste y te volviste a subir. Fue
suficiente.
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