sábado, 11 de enero de 2014

No te iras hoy.

Fue una verdadera suerte encontrare en mitad de la calle con aquella lluvia. Con la ropa chorreando y tus pestañas goteando lo último que te quedaba de rímel. Estabas tan hundida que ni te percataste de que estaba delante de ti, mirando tan extraño aquel acontecimiento, donde el entorno hacia que pareciese alguna película de esas románticas. La diferencia con aquello es que yo no estaba allí para arroparte y prestarte mi abrigo, ni se me paso por la cabeza ofrecerte el paraguas.
Lo único que te despertó de aquel letargo fueron las luces deslumbrantes de aquellos coches que pasaban furiosos a tu lado. Estuve considerando si ir a levantarte para que me gritaras y me culparas de la responsabilidad que era tuya. Si acercarme y tenderte la mano y así pudieras desahogar todo la rabia que me tenías e incluso me escupieras a la cara. Que me recriminaras los besos que no te di las tardes del verano anterior y me crucificaras para siempre por ser el que tiró la toalla en medio de ese caos que llamábamos relación.

Y ahora te veo marchar en medio de la calle desierta cubierta de residuos de agua. Miro como caminan tus piernas y no se mueven mis ojos de tu culo. No sé porque no me atreví, porque no te recogí cuando pude y no te di la satisfacción que merecías. Al fin y al cabo tenías razón cuando me decías que lo que nos unía un día nos separaría. 

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