Fue una verdadera suerte encontrare en mitad de la calle con
aquella lluvia. Con la ropa chorreando y tus pestañas goteando lo último que te
quedaba de rímel. Estabas tan hundida que ni te percataste de que estaba delante
de ti, mirando tan extraño aquel acontecimiento, donde el entorno hacia que
pareciese alguna película de esas románticas. La diferencia con aquello es que
yo no estaba allí para arroparte y prestarte mi abrigo, ni se me paso por la
cabeza ofrecerte el paraguas.
Lo único que te despertó de aquel letargo fueron las luces
deslumbrantes de aquellos coches que pasaban furiosos a tu lado. Estuve
considerando si ir a levantarte para que me gritaras y me culparas de la
responsabilidad que era tuya. Si acercarme y tenderte la mano y así pudieras
desahogar todo la rabia que me tenías e incluso me escupieras a la cara. Que me
recriminaras los besos que no te di las tardes del verano anterior y me
crucificaras para siempre por ser el que tiró la toalla en medio de ese caos
que llamábamos relación.
Y ahora te veo marchar en medio de la calle desierta cubierta
de residuos de agua. Miro como caminan tus piernas y no se mueven mis ojos de
tu culo. No sé porque no me atreví, porque no te recogí cuando pude y no te di
la satisfacción que merecías. Al fin y al cabo tenías razón cuando me decías
que lo que nos unía un día nos separaría.
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