lunes, 6 de enero de 2014

Me llamaban paria.

La verdad es que ni el mismo se había planteado como se encontraba en esa situación, aunque era muy normal que se viera en ella casi a diario. Tampoco dedicaba mucho tiempo a pensar en eso, era lo que conocía desde siempre, esa era la vida que le había tocado vivir. Desde muy niño aprendió que no tenía nada, que no lo recibiría en un futuro y que lo único que importaba era no perder. Conocía cada detalle de las calles, cada esquina oscura, cada barrio y cada farola que aún alumbraba. Era un superviviente de esos que la sociedad crea y luego renuncia de su existencia. De esos que cuando los ciudadanos de bien se cruzan por la calle miran por encima del hombre y con algo de desprecio, ilusos, ninguno sería capaz de hacer lo que él hace para vivir.  La reinserción sonaba en su cabeza como una lejana utopía, de esas que quedan tan bien en los libros pero que en la práctica es la tarea más irrealizable del mundo.

Todo eso pensaba cuando se veía reflejado en el cristal del coche a la espera de otro negocio. Podía morir minutos después, era una posibilidad muy probable, podía salir bien o simplemente podría no pasar nada. Lo único que tenía claro es que no perdería. 

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