La verdad es que ni el mismo se había planteado como se
encontraba en esa situación, aunque era muy normal que se viera en ella casi a
diario. Tampoco dedicaba mucho tiempo a pensar en eso, era lo que conocía desde
siempre, esa era la vida que le había tocado vivir. Desde muy niño aprendió que
no tenía nada, que no lo recibiría en un futuro y que lo único que importaba
era no perder. Conocía cada detalle de las calles, cada esquina oscura, cada
barrio y cada farola que aún alumbraba. Era un superviviente de esos que la
sociedad crea y luego renuncia de su existencia. De esos que cuando los
ciudadanos de bien se cruzan por la calle miran por encima del hombre y con
algo de desprecio, ilusos, ninguno sería capaz de hacer lo que él hace para
vivir. La reinserción sonaba en su
cabeza como una lejana utopía, de esas que quedan tan bien en los libros pero
que en la práctica es la tarea más irrealizable del mundo.
Todo eso pensaba cuando se veía reflejado en el cristal del
coche a la espera de otro negocio. Podía morir minutos después, era una
posibilidad muy probable, podía salir bien o simplemente podría no pasar nada.
Lo único que tenía claro es que no perdería.
No hay comentarios:
Publicar un comentario