El milagro nunca llego, la oportunidad nunca se dio. Casi
fue una condena a creer en Dios y una contradicción personal. Ya ni recordaba
los rezos que se habían inventado para calmar mi alma alcohólica y mis ganas de
quemar mis agonías me consumían. Sobrevivía a base de parábolas, de moralejas y
de milagros no consumados. Me impuse la disciplina sagrada, la misma que viole
tantas veces como mis huevos me permitieron. Los templos tampoco ayudaban, las
feligresas llevaban las faldas demasiado cortas y el confesionario se me
antojaba demasiado profano. El 5 contra 1 me extasiaba y los orgasmos eran
trozos de cielo en mi mano. Acabé como lo hacen todos como yo, a las 6 de la
mañana, de putas y con coca en la nariz.
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