Exiliamos la vida a las esquinas de la cama porque allí era
el único lugar donde nos aguantábamos. Improvisábamos y sorprendentemente salía
bien, aunque el resto de mundo fingiera que nos equivocamos. Siempre nos gustaba
nadar a contra corriente, correr hacia arriba y perdernos por los recovecos de
la soledad. A veces no nos dábamos cuenta de que se nos iba el tiempo, de que las
formas geométricas no nos acompañaban y nos dimos la espalda para no
reconocerlo. Luego comenzó la época glaciar, donde congelamos la imagen,
pusimos el pause y nos dispersamos. A los segundos el arrepentimiento era
demasiado momentáneo para ser real, poco creíble o bastante preocupante.
Ninguno de los cuadros se movió y nosotros ya le habíamos dado la vuelta al
mundo tres veces, estábamos pasados, con las puntas romas e incapaces de
abrazarnos.
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