lunes, 25 de agosto de 2014

El nombre de la vida.

Exiliamos la vida a las esquinas de la cama porque allí era el único lugar donde nos aguantábamos. Improvisábamos y sorprendentemente salía bien, aunque el resto de mundo fingiera que nos equivocamos. Siempre nos gustaba nadar a contra corriente, correr hacia arriba y perdernos por los recovecos de la soledad. A veces no nos dábamos cuenta de que se nos iba el tiempo, de que las formas geométricas no nos acompañaban y nos dimos la espalda para no reconocerlo. Luego comenzó la época glaciar, donde congelamos la imagen, pusimos el pause y nos dispersamos. A los segundos el arrepentimiento era demasiado momentáneo para ser real, poco creíble o bastante preocupante. Ninguno de los cuadros se movió y nosotros ya le habíamos dado la vuelta al mundo tres veces, estábamos pasados, con las puntas romas e incapaces de abrazarnos. 

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