La putrefacción es preocupante. Avanza
de cerebro en cerebro, de neuronas inactivas a aquellas que apenas se
mueven, de pequeños a grandes y de grandes a jóvenes. De vez en
cuando saltan comentarios al aíre traídos a colación por esos
cerebros infectados. Proclaman a los cuatro vientos barbaridades que
hacen plantearse la racionalidad humana y la infinidad de la
estupidez del ser humano. Invocan en tono jocoso a famosuchos de tres
al cuarto, voceros de televisión que tras finalizar la emisión se
quitan la careta. Recitan como el padre nuestro una sarta de ataques
inconexos que luego se reproducen en las barras de los bares, en los
cajeros de los supermercados y las esquinas de los cafés. Todo ésto
sin que nadie se haya parado más de media centésima de segundo a
ordenar el argumentario, a darse cuenta de lo que repite
mecánicamente sin haber lo pensando previamente. Asistimos al
suicidio de la sociedad, donde las tendencias mandan, el mercado
ordena y nos comunicamos a través de una pantalla.
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