“Estimado profesor,
Le escribo hoy por el mismo motivo
de los últimos 30 días, si ese que usted y yo conocemos pero usted
intenta evitar. Como le he comentado en repetidas ocasiones le sigo
pidiendo perdón por mi inquina respecto al tema; por mis continuas
cartas, tanto por correo ordinario como certificado, por la
insistencia que esta rozando la locura; lamento el incidente en la
puerta de su casa, o al salir del despacho. Le confesaré que nuestra
relación postal ha sido un tanto extraña y como hemos cambiado en
ella muy relevante. Recuerdo aquella primera postal casi por
accidente, por esa duda que me asalto y que pensé que solo usted me
podría responder. Aquella carta a modo de recordatorio cordial,
incluso de más. Esos días de espera, esas mañanas mirando el buzón
y la progresiva desilusión día tras día. A veces me recorría un
escalofrío saber que llegaría y resolvería mi zozobra, que tendría
entre mis manos la respuesta y podría descorchar a gusto esa botella
de cava que tanto tiempo lleva en mi nevera, casi desde que la
encendí por primera vez. Después de 30 días esperando su respuesta
y de mis casi 12 cartas sin respuesta, le tengo que decir que me
rindo. Aún así sigo esperando su carta, con solo dos letras y un
punto. Le pido que confirme lo antes posible.
Un cordial saludo.
Su alumno.”
Cuando fue a llevar
la carta al buzón de la calle que estaba enfrente de su casa llego
el cartero con un sobre en bastante mal estado, algo mojado y con
claros signos de tinta difusa. La dirección casi ilegible, salvo
para el avispado cartero, benditos profesionales. Cuando lo tuvo
entre sus manos reconoció casi la desaparecida caligrafía del
Profesor.
“Estimado Alumno,
A la pregunta que usted tan
repetidas veces me ha formulado, tengo que contestarle: Si, me he
jubilado.”
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