Saltabas por encima a las damas, de cuadrado en cuadrado, de
esquina en esquina y encontraste la pared. El golpe fue tan grande que perdiste
la referencia, el norte y hasta la vida. Te saliste de ella y acabaste en otra
por accidente. Andabas rara, desorientada como el refrán que no tiene sentido
ni moraleja. Los sentidos no eran los mismos pero merecían la pena. El tacto se
movía, los reflejos eran el pan de cada día. La luz te aclaro. Ahora practicas
el autónomo, en piloto automático y sin manos. Apelaste a la libertad tan a pecho
que el roce te oprimía, te apretaba. Tanto para acabar encadenada a la nada.
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