Se me cogió un pellizco al estómago, una de esas sensaciones
de dolor momentáneo y molestia permanente. Esa imagen trastoco el mundo que
tenía dibujado en la pared. Las pinturas empezaron a despegarse, saltar al
suelo y salir corriendo. Los contornos tiraban con fuerza para desensamblarse
con la única esperanza de que la caída fuera lo suficientemente leve para poder
levantarse. Los matices valoraban opciones, contemplaban posibilidades y le
daban minutos al reloj. Un segundo más hubiera sido una vida menos. Desde la
cuerda, giramos la tuerca y no salió agua, la felicidad ya corría a borbotones.
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