¿A qué sabe el humo en tu boca cuando
viene de la mía? ¿Cuando sé que desaparece? ¿Por qué septiembre
siempre se queda vacío? ¿Qué cojones nos pasa en la espalda?
¿Acaso siempre vamos agachados?
Mil preguntas que se amontonan
esperando a que llegue su turno, sacando numero en las ventanillas,
haciendo cola ante el mostrador, matando el tiempo mirándose unas a
otras, angustiadas a la espera de que salga su número en el cartel,
pensando qué decir. No se mueve ni un alma en el pesado ir y venir
de cuerpos por los pasillos, en el cansino movimiento de pies sobre
el parque, en las paradas entre despachos, con cuestiones llenas de
nada que se vacían en el contenedor. Alguien tose, otro silba, a uno
se le cae el boleto al suelo, a otro le sale papiroflexia de las
manos y solo yo me cuestiono el caos que presencio. El absurdo de una
sociedad que se mueve por papeles y números, por tantos por cientos.
Una escena de oficina cualquiera, de cualquier momento caótico.
Corre un dígito del panel y todos agachan la cabeza, solo uno ha
tenido suerte.