Recuerdo los sonidos que salían de los
cristales al reventar mientras los pedazos chocaban contra el suelo.
Evadíamos el estrés tirando la vajilla, rompiendo los platos y
lanzando los vasos. La furia salía a basen de descomponer la materia
contra cualquier superficie lo suficientemente dura como para
soportar el impacto. No entendíamos el por qué cojones la
destrucción aliviaba el circo, expulsaba a los payasos de la escena
y nos dejaba comiendo techo con la mente en blanco. En ese bucle lo
bueno no entra, no cabe, ocupa demasiado. Nos miramos ahora como
extraños cuando nos salpicaba algún pedazo de realidad. No nos
encajaban los bordes en los fallos y pusimos la balanza como tabla
rasa para ser juzgados. Te echaba de menos solo que no sabía como
decírtelo.
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