lunes, 26 de enero de 2015

No queméis a los que cantan

Me quito la mala conciencia con hielos y humo, con ron y piedras, con fuego y cristal. Si se vuelve muy pesada la ahogo con la almohada por las noches y si no hay quien la calle la echo a patadas de la habitación. No tengo reparos en dejarla en la acera cuando me subo al coche o en no recogerla cuando me llama borracha. No contesto a sus whatsapp, ni respondo a sus tuits, ni cliqueo sus me gustas en facebook. Práctico el mutismo ante su conversación y le doy muestras evidentes de que no me importa las barbaridades que suelta por la boca. Aun así, es imposible que deje de insistir, de intentarlo por activa y por pasiva, como si el dicho de quien la sigue la consigue fuese uno de los experimentos refutados y todas las hipótesis confirmasen que funciona. Me sorprendo ante lo curioso de su discurso y lo mucho que le gusta creer que la escucho cuando solo leo el periódico. Al final nos hemos hecho inseparables por cuenta propia, desentendidos condenados a entenderse, extraños virtuales y conocidos a medias, los típicos todo contigo pero sin ti.

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