Espero impaciente que me salte tu
nombre en la pantalla y así darme cuenta de que no solo yo sigo
pensando en ti. Pasan los minutos y reduzco el tiempo a hacerlo pasar
hasta que te manifiestes, que suene el teléfono y sea tu voz la que
habla desde el otro lado. Agoto la monotonía diaria con la sensación
de que la desperdicio. Se me empiezan a saltar las lágrimas cuando
veo alguna foto, algún reducto de imaginación que se pierde sin
remedio, sin que yo mismo lo pueda evitar. Empiezo a pensar que mi
memoria tiene un agujero por donde se le van los recuerdos y cada día
que no éstas se va quedando más vacía. Siento escalofríos cuando
me doy cuenta de que ya no éstas y por un minuto olvido tu rostro.
Ese minuto no es más que la separación inconexa de mi y de ti, de
lo único que me queda para seguir. Abandono las ideas cuando suena
el móvil, cuando la luz destella y detrás de esa pantalla me dices
“sigues ahí”.
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