La verdad llama a mi puerta
intentando echarla abajo con golpes tan fuertes que resuenan en toda
la habitación. Apagó la luz y enciendo lo que queda de razón en el
cenicero. Observo con temor como el humo me rodea con esa fina
película de ilusión que hace que embobe como un bebe con un
sonajero. No salgo de mi abstracción hasta que oigo la puerta
desplomarse contra el suelo. Ante mi aparece ella, con rostro severo,
como si hubiese llegado la hora de ajustar cuentas. Me limito a
asentir, a rendirme antes de entrar en una discusión que esta
perdida. Ella vocifera, grita y rompe los cristales, tira la vajilla
y blasfema ante mi. Tras la escena sale por donde entró y no da un
portazo porque la derribó. Me deja con el polvo levantado, con el
alma por los suelos y el corazón listo para comenzar a olvidar.
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