“Si no me necesitas, yo tampoco te
necesito a ti”. Esa fue la despedida que me brindaste en aquella
cafetería que visitábamos los domingos. Te levantaste y no volviste
la cara hasta que paraste al taxi, hasta que en un micro segundo tus
ojos se reflejaron en los míos y entraste en el coche. Esa mirada
inquisidora, dolorida, acusadora. Le pondría mil adjetivos
calificativos a esa expresión de odio que salio de tu ojos en el
último momento. Me quede mirando el fondo de la taza de café como
si el tuviera la respuesta al problema. Tras 5 minutos observando el
estancamiento de las penúltimas gotas de café decidí irme, por mi
bien y por el de los pocos clientes que me miraban contemplar la taza
de café esperando que apareciese un genio de ella. Pagué
religiosamente mis café y el tuyo, que para colmo ni probaste, ni
mucho menos te dignaste a pagar. Al salir a la calle llovía, mejor
dicho diluviaba, porque cuando llueve no se inundan las papeleras.
Paseé lentamente bajo el diluvio en dirección a mi casa, ese
pequeño cuartucho de la calle 33 donde residía. El hecho de caminar
mojándome era una costumbre infantil, una manía de esas tan odiosas
que nunca te desprendes, como levantarte con el pie derecho o
dormirte escuchando música. Lo enfoque como si fuese una penitencia,
una de muchas otras que me ocurriría aquel mes de Febrero y que yo
aún no tenía ni idea de que aquellos 28 días serían los últimos
de mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario