miércoles, 17 de diciembre de 2014

1 de Febrero.

“Si no me necesitas, yo tampoco te necesito a ti”. Esa fue la despedida que me brindaste en aquella cafetería que visitábamos los domingos. Te levantaste y no volviste la cara hasta que paraste al taxi, hasta que en un micro segundo tus ojos se reflejaron en los míos y entraste en el coche. Esa mirada inquisidora, dolorida, acusadora. Le pondría mil adjetivos calificativos a esa expresión de odio que salio de tu ojos en el último momento. Me quede mirando el fondo de la taza de café como si el tuviera la respuesta al problema. Tras 5 minutos observando el estancamiento de las penúltimas gotas de café decidí irme, por mi bien y por el de los pocos clientes que me miraban contemplar la taza de café esperando que apareciese un genio de ella. Pagué religiosamente mis café y el tuyo, que para colmo ni probaste, ni mucho menos te dignaste a pagar. Al salir a la calle llovía, mejor dicho diluviaba, porque cuando llueve no se inundan las papeleras. Paseé lentamente bajo el diluvio en dirección a mi casa, ese pequeño cuartucho de la calle 33 donde residía. El hecho de caminar mojándome era una costumbre infantil, una manía de esas tan odiosas que nunca te desprendes, como levantarte con el pie derecho o dormirte escuchando música. Lo enfoque como si fuese una penitencia, una de muchas otras que me ocurriría aquel mes de Febrero y que yo aún no tenía ni idea de que aquellos 28 días serían los últimos de mi vida.

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