Nunca le gustaba decir adiós. Pensaba que los adiós son para
siempre y le daba miedo pensar en decir adiós a la persona equivocada por eso
siempre se despedía con un hasta luego. Era algo extraño trabajaba para vivir y
la vez vivía para trabajar. Le tenía verdadera dedicación a su trabajo. Sus
amigos veían como se le iluminaba la cara delante de ese folio en blanco,
adoraba escribir, era algo así como la liberación de sus ideas.
Una vez se enamoró y algo cambio. Ya no tenía devoción por
su trabajo y mucho menos por aquel folio. Perdió el hábito de devorar los
libros y cambio los ratos de reflexión a solas por cuatro renglones torcidos. Por
un momento su concepción del mundo cambio y la liberación se convirtió en una
forma de esclavitud.
Cuando se desenamoro lo perdió todo. Su arte y su amor.