martes, 21 de octubre de 2014

Un millón.

Se acercaba el cigarro a su boca con esa seguridad de saber que cualquiera claudicaría ante ella antes de haber comenzado la guerra. Su mirada estaba perdida adrede, en ningún lugar visual, en otro sitio no terrenal, fijándose en la misma nada. Agitaba su pelo en intervalos cortos, de minutos, pero el tiempo se ralentizaba cuando su tacto rozaba su media melena ondulada. Distraída, como si el mundo no fuera con ella, como si el paso de toda aquella gente a su alrededor no significase más que una leve brisa que entra por una ventana o un trafico molesto que genera contaminación. Era un enigma en mitad de soluciones, un misterio de tardes de domingo o una aventura de verano. Algo indescriptible y desapercibido en el que solo reparan los que miran más allá de las figuras, los que se atreven a observar sin juzgar. Un regalo en mitad de la calle que genera desconcierto e inseguridad porque ya nadie cree en los milagros.

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