miércoles, 22 de octubre de 2014

Teatros alegres.

Adornaban cada centímetro de la despedida, cada paso que daban en direcciones contrarias, manteniendo la tensión para que nunca faltase. Los ojos no se despegaban y las facciones de sus caras como fotos permanentes e impermeables en sus memorias. La ralentización de un momento finito convertido en inmortal, en intemporal, perpetuo en la nada cerebral. El último roce de su mano, el pecho con los resto de su calor, la sensación de frescor de su perfume y ese mordisco en el cuello que hizo que le temblaran las piernas. La ve subir al taxi y la sigue hasta perderse en mitad de una urbe que parece no tener final. Empieza a llover, la calle se queda vacía y con una sonrisa acepta la sincronización del destino y su vida.

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