Adornaban cada centímetro de la
despedida, cada paso que daban en direcciones contrarias, manteniendo
la tensión para que nunca faltase. Los ojos no se despegaban y las
facciones de sus caras como fotos permanentes e impermeables en sus
memorias. La ralentización de un momento finito convertido en
inmortal, en intemporal, perpetuo en la nada cerebral. El último
roce de su mano, el pecho con los resto de su calor, la sensación de
frescor de su perfume y ese mordisco en el cuello que hizo que le
temblaran las piernas. La ve subir al taxi y la sigue hasta perderse
en mitad de una urbe que parece no tener final. Empieza a llover, la
calle se queda vacía y con una sonrisa acepta la sincronización del
destino y su vida.
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