Me quito el sombrero todas las mañanas y lo cuelgo del árbol.
Dejo caer la misma hoja a diario, observando cómo se balancea cual pluma de
oca. Luego exprimo manzanas y se las vendo a los pobres por maravillosas
sonrisas. Alcanzo el medio día subido a la azotea más baja, divisando de cerca
la normalidad pasmosa de quien no tiene nada. Por las tardes tomo té y café juntos,
pero no mezclados. Resuelvo crucigramas cuando oscurece y siempre encuentro la
misma palabra, capullo, nunca falla. De noche me quito los miedos y los dejo en
el balcón, no me gusta que huela la casa. Ante de dormir siempre hago humo, es
el mejor momento del día.
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