Me levanto del sillón, abro la vitrina, saco la cinta y
comienzo a rebobinarla. Introduzco el lápiz por el círculo y empiezo a girar.
Siempre se me para en los mismos trozos de película. Observo los fotogramas con
una sensación indescriptible, con esos gestos que no tienen nombre. Me devora la
desidia, me parte y me engulle. Como flashes aparecen las imágenes porque lo demás
no lo recuerdo. Un poco de olor por allí, algo de sabor por aquí y las sonrisas
besándome la razón. Ese es el momento en que la depresión me pega en la puerta
y se sienta a tomar café con mi agonía. Luego no me queda más remedio que echar
todo al fuego, aunque nunca soy capaz de tirarlo del todo. Por suerte, lo rescató
antes de que se extingan. Sigue rebobinando.
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