El brillo de tus diamantes rebotaba directamente sobre la lámpara
de cristal que había en el techo. Daba repelús pensar en el contacto de
aquellas piedras con las estrecheces de tu cara, ese frío roce del dinero. Todo
estaba dispuesto en esa puesta en escena que era tu casa. Cada cosa tenía su
lugar en aquel entorno donde era yo lo que desentonaba. Las copas sobre la
mesa, el champán descorchado y tu vestido encajando a medida en tu clavícula.
La sensación de no saber cómo has llegado a ese lugar acaba por hacerte mella y
te planteas echar a correr o darle cinco minutos más a la barbarie. Comienza la
escena y ella se contonea entre bambalinas, como el hábito de una profesional,
controlando cada detalle del momento hasta que
se acerca. Su mirada es tan intensa que me veo en el precipicio haciendo
equilibrio, buscando la manera de apartar los ojos de sus pupilas. Posa su mano
en pelo y el leve contacto de sus dedos con mi piel me produce un escalofrió,
el miedo del perdedor, el nerviosismo del dudoso. Rompo el guión y salto, no me
gustan los finales cerrados.
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